Quemó su existencia en los fuegos de la vida.
Por eso su corazón murió tan joven, roído y calcinado.
Su dura mascara, marmórea, termino de ceder ante su amorosa demencia.
Ahora esta muerta, bien muerta y el hombre que habita en su corazón deambula sin rumbo.
***
En el fino aire, mañanero, avanza oscilando por la 9 de Julio buscando un encendedor entre sus bolsillos... Así se olvida, deja pasar unos minutos, larga el humo acurrucada en algún banquito de alguna plazoleta o tal vez en algun portico de edificio de la zona.
En ocho meses (capaz diez o tal vez años, nadie puede decirlo con certeza) se agostó su hermosura. Su pelo negro, renegro, perdió el lustre. Se apago la luz de sus ojos oscuros y almendrados. Dijerase que murió hace ya mucho tiempo, pero ella todavía no lo sabe.
Es imposible reconocerla. Quienes antes la deseaban y perseguían, se apartan de ella temerosos de la enfermedad que le devora.
Indiferente no sabe que hacer con lo que alguna vez fue. Quiere que la soledad termine cuanto antes. Quiere a alguien que la mantenga exaltada, iluminada, por la sola virtud de su presencia. Pero la vida es tenaz y forcejea para retener a muchos corazones aislados.
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Hoy ella escucha la música, que sale de algún lugar de la memoria, con los ojos entrecerrados. Le fatiga su vida monótona y de tanto en tanto se distrae hacia un rayo de luz tenue que cae delicadamente al centro de la habitación, es como un trémula luz azul que se desgarra y luego vuelve a formarse, como una diminuta vía láctea en la que se agitan millones y millones de estrellas...
Y yo acá sentado frente a la computadora me pregunto... ¿Cuantos días, cuantos crueles, torturadores días hace falta esperar para que todo termine?