Entonces llegó el momento, la única razón por la cual habíamos agrupado nuestras almas. Decidimos emprender la expedición que nos llevaría hasta lo más profundo de nuestra mente.
-Es hora.-
-Sí, vamos.-
-Dale, no tengas miedo, ya no hay de que preocuparse.-
-No, es verdad, tenes razón.-
Era como una anestesia espiritual que nos alejaba de cualquier malestar o síntoma de negatividad.
La música nos arrastraba de la realidad envolviéndonos en un manto de elocuentes ondas sonoras que despertaban todo lo que creíamos dormido en lo más profundo de nuestra verdadera conciencia. El mar había expandido sus límites más allá de donde comienza el cielo y termina la tierra, se convirtió en un solo todo que nos servía de escondite de la impura realidad, aunque sea solo por un corto lapso de tiempo.
El éxtasis fue perpetuo.
Los que hablaban de este sentimiento con aprendida autoridad tenían razón, era como salir del cuerpo y viajar al universo colgado de tu propio espíritu. Nada nos podía dañar en ese momento, éramos invencibles.
Alcé mi vista hacia ese cielo nocturno y pude ver como éste se agrupaba en infinitos espectros color naranja y púrpura.
En un momento sentí que todo era real... y entonces... ¿cuál era la realidad?
Emprendimos nuevamente el sube y baja emocional dejándonos llevar por las ondas emitidas por esa banda sonora que ahora resonaba en nuestra mente. Luego de un tiempo prudente, o quizá casi mil años si usamos el reloj surrealista de nuestras destrozadas conciencias, pisamos definitivamente una realidad que todavía parecía abstracta. Sentíamos como si hubiésemos recorrido el mundo entero a pie y, poco a poco, caímos en un profundo sueño individual donde, cada quién, buscaba su propio ángulo de descanso.
Nadie más dijo una sola palabra.
El silencio se convirtió en nuestra más profunda reflexión.
Abrí los ojos y ya era entrada la mañana. Le miraba y seguía con sus ojos cerrados. Reagrupaba mis recuerdos bajo un manto de nebulosa esquizofrenia acariciando mi recién nacida nueva existencia. Nada se veía igual que antes, todo era más denso, más profundo. Miré detenidamente al horizonte reflexionando sobre este cambio, miré mis manos como tratando de hallar nuevas cicatrices de esta inolvidable noche y lo único que encontré fue tus ojos mirando los míos. En realidad el cambio no fue ninguno. Seguíamos siendo nosotros mismos, los mismos problemas, los mismos miedos, los mismos complejos, las mismas frustraciones, la misma risa, las mismas lágrimas. Nada había cambiado. El dolor seguiría doliendo igual y el sol quemando y la lluvia mojando.
Ahora me sentía como en el principio de mi vida. Pero bueno, al fin y al cabo de eso es que se trataba todo esto; de comenzar de nuevo… y ahí me di cuenta que ya no había nada por salvar.
Mientras, en algún momento yo culpe a Dios por toda esta demencia elemental me di cuenta que a Él también le habían tomado el pelo. ¿Y quien habría sido capaz de esto?
Y nunca más volvimos a ese mundo abstracto y surreal, quizá si lo hiciésemos no existiría se magia del primer momento que se desparramó sobre nosotros y sería solo un acto de decadencia festiva. Ya no habría una lección por aprender. Después de todo volvimos a ser lo que éramos desde un principio, seres individuales buscando su propia individualidad... la propia individualidad con alguien que te acompañe a tu lado, a lo más profundo del corazón y el alma... dentro de este universo.
Y pese a todo, sigo buscando a esa persona que me acompañe en esta eterna caminata por las idas y venidas de la vida.
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